A quién pertenece la responsabilidad de elegir tu pareja - Parte I

«La casa y el dinero se heredan de los padres, pero la esposa inteligente es un don del Señor».
(Proverbios 19.14).

Siempre que hablemos de la pareja en el pueblo de Dios, estaremos tocando un tema, además de interesante, muy complejo. Hablar y pensar sobre con quién habremos de compartir nuestra vida siempre representará un punto por demás delicado, puesto que habremos de tratarlo siempre con grupos juveniles.

Quiero tratar este tema a la luz de las Escrituras, pero también considerar las diferentes posturas que se han tenido en el pueblo de Dios y analizar qué es lo que se ha creído, qué fundamento bíblico se ha puesto para cada postura y si han existido casos que comprueben dichas creencias.

Nunca olvidaré cuando mi tío Julio, junto con mi primer pastor me hablaron de este tema, y mucho menos la sensación tan maravillosa de saber que un día, estaré compartiendo mi vida con una mujer que será para mí la más bella del mundo en todos los aspectos. Es por ello que, desde hace tiempo, no he cesado de querer asimilar lo que las Escrituras enseñan sobre esto, y asimismo compartirlo con mis hermanos jóvenes.

Habiendo estado en el mundo durante los primeros 14 años de mi vida, experimenté varias relaciones amorosas llenas de morbo de mi parte. En aquel entonces me encantaba tener a alguien con quien descargar mis pasiones. Justo cuando entré a la secundaria y comenzaron los cambios hormonales, una de mis metas era tener un «currículo» con el que presumir en el terreno de las chicas. En los primeros dos años logré hacerme popular porque les era simpático a muchas. Algunos noviazgos estuvieron en ese tiempo, así como algunos besos a chicas que me atraían, pero no tenía interés de relacionarme con ninguna. Sin embargo, mi tercer año llegué a tener tres novias a la vez y varios desordenes más. Por supuesto, mi mente corrompida consideraba todo esto como algo heroico. 

La primera impresión sobre obtener una esposa fue en el año de 1997, cuando Cristo llegó a mi vida. Cuando me entregué al evangelio estaba convencido de que el matrimonio no era para mí. Lo consideraba como algo que no significada nada, un compromiso que tan solo de pensarlo me sentía ahogado. Me encantaba vivir como lo hacía, con una chica tras otra, probando varias experiencias y viviendo de acuerdo a los principios del mundo. Pero al conocer a varios cristianos y observar la diferencia que Jesucristo hace en nuestra vida, en verdad me alegré de saber que había aún chicas que valían la pena. Y como era de esperarse, no tardé en ver con ojos de simpatía a algunas de ellas. Fue entonces que recibí las siguientes palabras: «Franco, el Señor te tiene una mujer preparada».

Por primera vez, escuché algo tan bello y fundamentado, como para que mi concepto de las relaciones se volviera romántico, bonito y de Dios. Como resultado dejé todo el libertinaje y la lascivia que en mi mente había concebido. Asimismo me vino cierta inquietud, porque mi personalidad siempre ha tendido a querer saber las cosas al instante, y el Señor tratando conmigo para refrenar esto. Recuerdo con gracia cuando, motivado por el testimonio de cómo mi tío encontró a su mujer, me puse a orar pidiéndole a Dios una novia.

Es por ello que decidí servir al Señor y esperar su tiempo y su persona. Comencé a indagar acerca de cómo es que se conocieron algunos matrimonios cristianos que eran de bendición. Es decir, ver cómo fueron los orígenes de una pareja entregada al servicio del Señor. Servir a Dios siempre ha sido mi pasión principal y siguiendo el ejemplo de ellos, pensaba yo, nunca tendré de qué avergonzarme al comenzar una relación. Pero para mi sorpresa, en aquella iglesia, la mayoría de las parejas se habían casado antes de aceptar el evangelio y otras eran el resultado de relaciones con inconversos que por la gracia de Dios habían creído con el tiempo en Jesucristo.

Era necesario entonces recurrir a la Palabra de Dios y a las tradiciones de las diferentes congregaciones. Es precisamente aquí que entramos a la primera postura que me enseñaron, a la cuál le llamo «teoría mística». 

Esta postura explica y reconoce primeramente que Dios tiene preparado para cada uno de nosotros, una persona especial con la cuál hemos de compartir nuestra vida. Pero si el conocerse es muy interesante, la manera en que se comprometen es por demás fascinante.

Es aquí donde entra el corazón de la enseñanza: Estando con un sentimiento profundo por la otra persona, llegan a Dios en oración. Como al parecer «no saben si es ella (él)» si necesita una intervención divina. Por lo tanto, demandan a Dios una «señal» que les asegure que esta persona es la voluntad de Dios. La variedad de testimonios es impresionante y en verdad motivan a cada persona a buscar que el encuentro con la pareja sea igual o más espectacular y romántico.

 

El autor tiene 19 años y actualmente coordina el área de enseñanza en el grupo juvenil Fortaleza de la Iglesia Bíblica Gracia en Guadalajara, México. Tomado del Consejero Bíblico. http://www.luispalau.net Usado con permiso.


<<
Política de privacidad   Derechos reservados © 2002 American Bible Society   Apoye a Tu Ministerio
Progress