Cuando los desiertos golpean nuestra vida...

Muchos desiertos son hermosos. Al menos así los apreciamos a primera vista. Ofrecen un paisaje imponente. Si quiere comprobarlo, basta que visite La Guajira, al norte de Colombia. La inmensidad de arena, tierra y piedras de un amarillo degradado y por momentos opaco, se funde con las playas y el azul intenso de la costa atlántica... ¡Es un verdadero espectáculo!

La región la habitan los indígenas wayúu, soñadores que se niegan a morir en un territorio donde los demás sólo ven arena, pero que valoran como si fuera el paraíso terrenal.

Las lluvias son la principal fuente para la provisión de agua, que guardan cuidadosamente porque deben alcanzar para diez meses en los que no cae ni una gota.

Para un visitante, el paisaje resulta fascinante... al comienzo. Luego, se le despierta inquietud por abandonar el lugar. Y si transcurren más de dos días, lo más seguro es que sienta desesperación porque, aún no se acabe el recorrido por un desierto que parece interminable...

También en nuestra cotidianidad...

Los seres humanos también pasamos por desiertos. Son aquellos períodos en los que desearíamos renunciar a nuestro trabajo, a nuestras metas, incluso a la relación familiar. Si se trata de cristianos practicantes, lo más probable es que no queramos orar, leer la Biblia ni congregarnos en la iglesia.

Lo grave es que, en la mayoría de los casos, las etapas desérticas se prolongan más de lo previsible. Y llegan el desánimo, la incertidumbre y la convicción de que ya nada tiene sentido. Es una de las etapas más peligrosas, porque seguramente estamos en medio de la arena...

Dios puede cambiar sus desiertos

El único que puede cambiar los períodos desérticos por los que usted atraviesa actualmente es Dios. Él lo dejó bien claro cuando, a través del autor sagrado, afirmó: “Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos; y serás huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan” (Isaías 58:11).

Es una promesa y Dios cumple sus promesas. Además, Él puede hacerlo. No descarto que haya muchos métodos para reducir el impacto de las crisis, pero sin duda quien obra de manera eficaz es nuestro Creador. Él, además de sacarnos de los períodos de aridez, cambia las circunstancias y nos lleva por un cambio diferente.

Así que, de entrada, es importante que comprenda que su problema tiene solución...

Es necesario revisar las causas de la crisis

En los momentos en los que sentimos que llegamos al límite de nuestras fuerzas, cuando el borde del abismo está frente a nuestros ojos y nada parece ofrecernos una alternativa, y cuando consideramos que ya agotamos todas las opciones, es necesario revisar nuestra vida.

Lo más aconsejable es dedicar un tiempo prudente, si es posible en la soledad de nuestra habitación, para respondernos los siguientes interrogantes:¿Qué está originando la crisis que padezco?¿En qué momento comenzó?¿Acaso las presiones de quienes me rodean han influido en la decisión de no seguir adelante?¿A quién beneficia mi disposición de abandonarlo todo?¿Ya agoté las alternativas?¿Cuál sería una salida eficaz al laberinto en que me encuentro?

Una vez haya despejado estos interrogantes, recuerde que fracasar o superar la adversidad comienza con una decisión que sólo puede tomar usted.

Un segundo paso es reconocer que humanamente no podrá avanzar mucho en el estado de crisis en que se encuentra. Y el tercer paso es dirigir su mirada a Jesucristo. Al referirse a personas cansadas, casi fracasadas, él formuló una invitación que hoy cobra especial vigencia: “Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”(Mateo 11:28).

No podemos luchar con nuestras fuerzas

Luchar con nuestras fuerzas, generalmente nos traerá nuevas derrotas. El desánimo y el escepticismo pueden embargarnos. Y en condiciones adversas, lo más probable es que nos cansemos de seguir intentándolo, cualquiera que sea nuestro objetivo, trabajo, meta o sueño.

Un pastor escribió desde el norte de México una carta que revelaba la intención de renunciar a la obra. Tras meses y meses de intenso trabajo, parecía que no ocurría nada. Predicaba de todas las formas posibles, y al parecer nadie se daba por enterado de su labor. Es más, para las gentes, ni existía. Hasta que comprendió que estaba haciendo las cosas a su manera, con sus propias fuerzas y no con las de Dios. Jamás olvide que cuando estamos a las puertas de la renuncia, siempre tendremos la invitación de nuestro amado Señor para seguir esforzándonos...

Cuando sienta que nada vale la pena, aprópiese de esta promesa: “ Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas..., pero los que esperan en Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como águila; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán”(Isaías 40:29, 31).
 
La única paz verdadera

Si sometemos a Dios esas crisis o desiertos en los que incurrimos con frecuencia, y pedimos que nos dé la serenidad suficiente para saber encararlas y encontrar una salida al laberinto, recibiremos respuesta. Jamás olvide que la paz verdadera proviene del Creador. Así lo expresó el Señor Jesucristo ante una multitud: “La paz os dejo, mi paz os doy; yo no la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:29).

Para terminar, recuerde que las crisis no duran toda la vida siempre y cuando busquemos un camino para salir de la encrucijada. Ser fiel a Dios no asegura que nunca más experimentará desiertos, pero sí garantiza que tendrá a quién acudir en busca de ayuda.

Fernando Alexis Jiménez


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